Reflexiones
La verdadera madurez: aceptar al otro sin excusarnos a nosotros mismos
Crecer no siempre tiene que ver con sumar años. A veces, tiene que ver con restar excusas.
La madurez llega, casi sin aviso, cuando dejamos de mirar el mundo con la lupa del juicio constante y empezamos a entender que nadie viene sin fallas de fábrica. Que todos cargamos manías, torpezas emocionales, silencios incómodos y errores repetidos. Que convivir es, en gran parte, aprender a tolerar lo imperfecto.
Aceptar los defectos ajenos es un acto de empatía. Significa comprender que el otro también está haciendo lo mejor que puede con lo que tiene. Que detrás de cada gesto brusco puede haber cansancio, y detrás de cada distracción, una historia que no vemos. Tolerar no es resignarse: es humanizar.
Pero la verdadera adultez emocional aparece cuando ese mismo permiso no se convierte en autoindulgencia.
Porque hay una diferencia sutil, y decisiva, entre comprender y justificar.
Comprender al otro nos vuelve más generosos.
Justificarnos a nosotros mismos nos vuelve cómodos.
Y la comodidad es enemiga del crecimiento.
Madurar implica asumir que nuestros defectos no son “así soy yo” sino “esto puedo mejorarlo”. Que pedir perdón vale más que tener razón. Que reconocer una falla no nos hace débiles, nos hace responsables. Y que el amor propio también consiste en exigirnos ser mejores personas, no solo en perdonarnos todo.
Quizás el equilibrio esté ahí: en mirar a los demás con paciencia y a nosotros con honestidad.
Ser suaves con el mundo, pero estrictos con nuestra conciencia.
Porque al final, convivir es un ejercicio diario de tolerancia… y evolucionar, un acto de valentía personal.
Y tal vez eso sea, en definitiva, la madurez que suele ser incómoda, entender que nadie es perfecto, pero aun así elegir cada día intentar ser un poco mejor.
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